8 de enero de 2013

Las comparaciones son odiosas, pero NECESARIAS


Nuevamente, los números nos muestran una realidad que nos preocupa, y mucho. Siempre fui de la idea de compararnos con los mejores para apostar a más y buscar nuevos y mejores horizontes. Lamentablemente, no es la opción de muchas autoridades actuales de la enseñanza, y eso debería encender más de una luz amarilla. Como lo vengo diciendo desde hace ya demasiado tiempo, la situación educativa es alarmante, pero a casi nadie parece importar. Los políticos apenas hacen declaraciones de buena voluntad y las autoridades parecen no querer tomar cartas en el asunto, pasando por el presidente que en más de una ocasión dejó a entender "que no podía hacer mucho más".

Repasar los argumentos de PABLO DA SILVEIRA es una buena ocasión para volver a compararnos, con el fin de mejorar. Pero nuevamente las comparaciones agravan la situación actual...

para diario "El País", MVD, UY 


La alianza político-sindical que está destruyendo nuestra enseñanza tiene la virtud de no despeinarse. Ante cualquier dato que muestre que estamos en crisis, sus voceros encuentran una respuesta exculpatoria. Uno de sus recursos habituales consiste en decir que no hay que compararse con los casos exitosos. Frente a cualquier mirada internacional, la respuesta usual consiste en decir que no hay que atender a países como Finlandia u Holanda, porque sus realidades son muy distintas.
El argumento es débil por varias razones, y tiene el efecto de condenar al subdesarrollo a generaciones de uruguayos. Pero supongamos por un momento que sea malo compararse con los países que hacen mejor las cosas. Al menos podemos compararnos con aquellos que las hacen menos bien. Y el drama es que, aun en este caso, salimos mal parados.
Un estudio reciente de Unicef reveló que la educación media básica uruguaya tiene una de las tasas de repetición más altas del mundo. Cada año repite el 19 por ciento de los alumnos. Esta tasa es mucho más alta que la de Europa o Canadá, pero los burócratas que controlan nuestra enseñanza opinan que ese dato no importa. Tal vez estén dispuestos a aceptar este otro: "el registro de Uruguay fue 6,6 puntos porcentuales más alto que el promedio simple registrado entre los países del África subsahariana (Tanzania, Zambia, Swazilandia, Burkina Faso Camerún, entre otros) y triplicó el promedio registrado entre los países de América Latina y el Caribe". Según acaba de informar el MEC, las cifras de repetición en Uruguay se deterioraron en el último año, así que son peores que las consideradas en el informe de Unicef.
Otro ejemplo puede ayudar. España forma parte de la Unión Europea, pero sus niveles de gasto educativo y los resultados que obtiene en las pruebas de aprendizaje la colocan bastante lejos de sus vecinos más avanzados. Además, los españoles tienen una cultura muy próxima a la nuestra, lo que también los diferencia de los holandeses o los fineses.
El desempeño educativo de España es lo suficientemente mediocre como para recibir tirones de oreja en público. El último informe de la OCDE sobre la situación económica española dedica un espacio a reclamar mejoras. Uno de los motivos de alarma es la tasa de abandono escolar: el 26,5% de los jóvenes de 18 a 24 años deja de estudiar una vez concluida la educación obligatoria. Esa tasa es casi el doble de la media europea.
Tanto en Uruguay como en España, la ley obliga a estudiar hasta los 18 años. Pero el impacto sobre la realidad es muy diferente. En España, la inmensa mayoría de los alumnos cumple el mandato legal, y el 73,5% de los jóvenes de entre 18 y 24 años sigue estudiando más allá de ese límite. Esta es la cifra que se le critica: que uno de cada cuatro chicos de entre 18 y 24 años haya dejado de estudiar es visto como una amenaza para el desarrollo económico y social.
Si los uruguayos consiguiéramos el resultado que se le critica a España, habríamos avanzado mucho. Nuestra triste realidad es que menos del 40% de los chicos de 18 años consigue terminar la enseñanza media. Más del 60% de los uruguayos de entre 18 y 24 años, no solo no está haciendo estudios post-secundarios (como el 73,5% de los españoles) sino que no terminó la enseñanza obligatoria. Así estamos, no respecto de Finlandia, sino de España.

Lamentable y alarmante.

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