16 de diciembre de 2011

Enseñar a esperar en la prisa de vivir

Ana María Abel
Lic. Ciencias Familiares 

Es conocida por todos la metáfora del burro y la zanahoria: un burro avanza más si se le pone delante una zanahoria. Lo único que ve es la zanahoria y la esperanza de alcanzarla es lo que lo empuja hacia adelante dentro de las limitaciones de su naturaleza.

El ejemplo puede servirnos para reflexionar en la necesidad de educar a nuestros hijos en la centralidad de desarrollar energías positivas como la tenacidad, la perseverancia en el esfuerzo, la paciencia. Salvadas las limitaciones de toda comparación, el proponerse una meta valiosa impele hacia delante y ayuda a vivir esperanzados en obtenerla.

Un pedagogo amigo, Gerardo Castillo, al tratar con jóvenes suele prevenirles de una posible fiebre que puede atacarles: la de la prisa por vivir. Los jóvenes de hoy desean frenéticamente probarlo todo, tener experiencias, vivir a tope retando los límites de las 24 horas disponibles por día. No les alcanza que otro les cuente las sensaciones que se viven en el aire amarrados de un ala delta, de los efectos de la droga o de la velocidad: quieren probarlo en primera persona y ¡ya! Lo quieren todo junto y rápido, muy rápido

Nuestros jóvenes, por lo general, no están educados en el valor de la espera. Desconocen que Marie Curie (1867-1934) la primera persona que obtuvo dos premios Nobel, investigó tenazmente durante años para descubrir el radio, que tanto influyó en la historia del siglo XX.

La prisa por vivir es en parte consecuencia de la inmediatez que les proporcionan los avances tecnológicos en que han crecido. Desde muy chicos simplemente con apretar un botón han prendido la tele, el DVD, la computadora. Han enviado mensajes que llegan al instante a sus amigos, han bajado música y chateado desafiando las distancias geográficas.

Aprender a esperar es para ellos una lección pendiente y mientras no la asimilan se pierden los beneficios de enriquecimiento que proporciona el vivir esperanzados con una zanahoria de difícil acceso.

A muchos jóvenes no les gusta la época que viven pero ¿tienen esperanza en que el mundo puede ser diferente? Muchas veces sus prisas están motivadas por el disgusto. La esperanza les daría ánimos para actuar y continuar bregando.

A veces sus esperanzas son fatuas como salvar un examen sin haber estudiado lo necesario. Han de aprender el valor de los tiempos: que hay "un tiempo para llorar y un tiempo para reír, un tiempo para rasgar y un tiempo para coser" (Eccl. 3.1-11).

Hay que explicarles que no es necesario probarlo todo. Argumentemos con ellos la diferencia entre tener un capricho o un derecho. Forjemos en ellos capacidades para que sepan vivir la diversión sin consecuencias frustrantes, esperar hasta el matrimonio para tener un hijo y ganar dinero sin trampas y con trabajo.

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